Historias mínimas

Hace poco me tropecé con una noticia musical bastante asombrosa de la que, sorprendentemente, solo se hicieron eco un par de medios especializados. Un español compraba una buhardilla en la zona este de Berlín, y durante la reforma, encontraba bajo una baldosa de la cocina una caja de zapatos con cartas de amor y una cinta de cassette. Las cartas contaban la historia de amor entre Robert Bans y Julia Braun, un periodista americano y una alemana durante la Guerra Fría. Una historia de amor truncada, como tantas otras, por los horrores de la guerra, y sepultada tras un muro de hormigón de 45 kilómetros. Podría haberse quedado en eso, pero la cinta que contenía aquella misteriosa caja de zapatos resultó ser una maqueta con cuatro canciones del que pudo haber sido el Sugarman europeo.

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Siempre he sido una gran amante de las historias bonitas, íntimas y cotidianas. De las historias mínimas. De las personas de las que no sabemos nada y, sin embargo, tienen algo grande que contar. Obsesionada de cierta forma con esta anécdota que tan bien simbolizaba lo que muchos otros habían vivido, empecé a investigar en la red.

No había mucha información al respecto, pero unos cuantos opinaban que todos los americanos que se hacían pasar por periodistas en el Berlín de los años 60 eran, en realidad, espías del gobierno. Esto hacía que encontrar a Robert Bans resultara aún más difícil. A día de hoy nadie ha dado todavía con él – hay varios en el censo estadounidense, pero sin constancia de que ninguno de ellos fuera un periodista-músico-romántico que vivía en Berlín en aquella época. En cuanto a Julia Braun, su nombre parece ser muy común en el país y no hay casi pistas sobre su vida privada en las cartas encontradas.

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Amelie también encontró un tesoro detrás de una baldosa.

Le conté esta historia a mi amiga Marta, esperando que pudiera darme algún consejo acerca de cómo abarcar el asunto. Pero lo que surgió de esa conversación fue algo totalmente diferente. Marta me dijo: “Esto me recuerda a la historia que te contó aquel señor encantador que venía todos los años al Festival… ¿Cómo se llamaba?”. Al decir “Festival”, mi amiga Marta se refería sin duda al Festival de Cine de San Sebastián, en el que durante años, las dos trabajamos como azafatas – o “ángeles”, como nos solían llamar – tratando de estar más cerca de las palmeras de Beverly Hills y las glamourosas alfombras rojas. Sueños post-adolescentes.

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Como las azafatas del Un, Dos, Tres, pero sin enseñar cacha.

Joel Coler”, dijo Marta. Y de pronto, como por arte de magia, me vino a la memoria un recuerdo que había borrado por completo. Con total nitidez, empecé a recordar la figura de un anciano bajito, canoso, de ojos grises y nariz chata. “Joel Coler”, repetí para mí misma. “¿Cómo era esa historia?”, le pregunté, intentando hacer un esfuerzo que sentía sobrehumano. “No me acuerdo”, me dijo ella. Y durante unos minutos traté de recordar quién era ese hombre con quien, años atrás, había mantenido más de una conversación.

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El entrañable Joel Coler.

¿Quién era ese hombre misterioso?

Joel H. Coler nació en el Bronx en el año 1931, y estudió en el Colegio Público de Nueva York 80 P.S., entrando a formar parte, sin saberlo, del grupo que más tarde sería apodado como los Chicos del Bronx – o The Bronx Boys -, una pandilla de 15 chavales nacidos en los años 31 y 32 que, batiendo las normas de la era digital, lograron mantener su amistad intacta durante más de siete décadas. Benjamin Hershleder haría en 2003 un documental sobre este grupo de amigotes que fueron abandonando el nido para dedicarse al mundo del cine, la moda o la publicidad, pero nunca abandonaron la costumbre de reunirse siempre que podían.

Nacidos en senos de familias judías de clase media-baja, muchos de los cuales eran inmigrantes en busca de un lugar mejor donde educar a sus hijos, los 15 del Bronx pasaban su infancia y adolescencia en las calles poco transitadas de ese barrio de la gran manzana, por donde todavía circulaban muy pocos coches, y podían jugar al baseball en plena carretera, construyendo un bate con el palo de una escoba.

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Niños en el Bronx, por Andrew Cohen.

El documental de Hershleder nació con la idea de una reunión de los Chicos del Bronx, pero no era una reunión cualquiera. La mayoría de ellos cumplía 70 años en el año en el que se rodó la cinta, y decidieron pasar tres días juntos, celebrar su longevidad y jugar a los juegos a los que jugaban de niños. La idea del director era replicar la vida que esta pandilla de amigos llevaba en su infancia, antes de que existieran internet y la televisión, y ahondar en una relación que habían logrado mantener intacta durante tantos años.

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El equipo de rodaje del documental “The Bronx Boys”, con su director Hershleder en primera línea luciendo la camiseta del proyecto.

Forman parte de este selecto club personalidades como George Shapiro y Howard West, reconocidos managers en Hollywood, o Lenny Lauren, hermano del diseñador Ralph Lauren. Aunque a pie de calle a pocos les resulte familiar el nombre de Joel Coler, también él fue un hombre de gran relevancia en el mundo de la publicidad y las relaciones públicas de Hollywood, trabajando para películas tan míticas como Star WarsSonrisas y Lágrimas o El Jovencito Frankenstein. 

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Tras un breve periodo militar en Europa, Coler comenzó su carrera profesional en el mundo de la publicidad de las majors, trabajando para productoras como NBC o FOX. En los años 80 pasó a ser el Vicepresidente de publicidad de la 20th Century Fox, puesto que mantuvo hasta 1991, cuando decidió marcharse para fundar una agencia de relaciones públicas llamada “Joel Coler & Friends”, cuyo cliente, entre otros, fue el Festival de Cine de San Sebastián durante más de 20 años.

En Septiembre del 2010, yo era uno de los “ángeles” del departamento de Relaciones Públicas del festival. Era un trabajo en el que, durante diez días, vivíamos dentro de una burbuja metafórica instalada en el centro de la ciudad, por y para el festival, sin ojos para nada más. Algunas veces teníamos que ir a recoger a algún invitado al aeropuerto a las 6 de la mañana. Otras, llevarlo a comer al mejor restaurante de la ciudad y darle conversación para que se llevara un buen recuerdo de su estancia. En muchas ocasiones, nos colábamos en las fiestas privadas de las películas a última hora de la noche, despojadas del uniforme de traje que acostumbrábamos a usar durante el día y maquilladas como puertas para que nadie nos reconociera. Era un trabajo divertido, enérgico y emocionante. Aquel año me asignaron la Sección Oficial del festival, en la que se agrupaban la mayoría de los peces gordos que visitaban la ciudad. Joel Coler era uno de ellos. Era el intermediario entre el Zinemaldia y Hollywood; él era, de cierta forma, el responsable de que Julia Roberts o Richard Gere se dignaran a pisar aquella alfombra.

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Richard recibiendo el Premio Donostia con la mano en el corazón.

Me lo encontré una noche en uno de los cócteles previos a la proyección de una película. Iba vestido de manera informal, con pantalón oscuro, camisa de rayas y una camiseta que asomaba bajo el cuello de la camisa. Mi función en aquel cóctel era controlar la entrada de los invitados V.I.P. y evitar que el resto accediera a la zona reservada. Cuando los espectadores ya estaban dentro del salón de actos del Kursaal esperando a que la película comenzara, me relajé y me dediqué a observar la fauna que reinaba a mi alrededor. Coler merodeaba con pasos cortos entre vestidos de cola y zapatos de tacón. Con su mirada acuosa, sonreía a unos y otros, que lo saludaban con cariño. Se acercó a mí como queriendo alejarse del brillo dorado que el conjunto de invitados rezumaba. Enseguida me di cuenta de que no venía con intención de pedir un taxi, o preguntar dónde estaban los servicios. El hombre, simplemente, tenía ganas de charlar.

“Cuando tenía tu edad”, empezó en inglés, “viví en Alemania durante dos años”. Yo escuché educada y sonriente. “¿Cuántos años tienes?”, me preguntó. “Veintiuno”, le dije yo. Los acababa de cumplir el día anterior. “Exacto”, prosiguió él. “Me uní a las fuerzas aéreas y me enviaron a Ulm, ¿conoces la ciudad?”, yo negué con la cabeza. “Me hicieron Capitán a los 23”, y soltó una risotada mientras agitaba la cabeza. “Eso fue hace más de cincuenta años”.

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Los Chicos del Bronx en una despedida de soltero en 1951. Joel, de pie, el segundo por la derecha.

El tercer timbre sonó por encima de mi cabeza, y los últimos invitados se apresuraron a vaciar sus copas de Moët Chandon. Las amontonaban sobre las mesas y se dirigían al salón principal intentando vencer el pulso a los tacones de aguja y los grados de alcohol en sangre. Joel no se inmutó y siguió contándome su historia, como si todo aquello no fuera con él. “Hace unos cinco o seis años viajé a Berlín”, me dijo mirando a la nada, como si estuviera viendo la película de su vida frente a sus ojos. “Con mi agencia, ya sabes”, yo asentí sin saber con exactitud a qué se dedicaba aquel hombre octogenario. “Salí del hotel a dar un paseo por la calle, yo solo. Pero me desorienté. Caminé en círculos por la misma manzana durante un rato, hasta que me crucé con una mujer algo más joven que yo. Disculpe, le dije. Estoy buscando mi hotel. Estoy perdido y no recuerdo cómo volver a él. ¿Podría usted ayudarme? La señora me miró asombrada, como si estuviera viendo un fantasma. Con los ojos bien abiertos, examinó mi cara en silencio. ¿Señor Coler?, dijo de pronto. Yo asentí. Usted no me recuerda, prosiguió. Pero trabajé para usted en Ulm hace más de cincuenta años. Me llamo Annette, y fui su secretaria en la base aérea”.

Después de semejante coincidencia del destino, Joel y Annette decidieron alargar la vuelta a casa, y dieron un largo y agradable paseo por las calles berlinesas contando viejas historias, y recordando la época en la que aún eran jóvenes y tenían toda la vida por delante.

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“Good Bye, Lenin!”, otra historia de amor rodeada por el muro de Berlín.

Así que esa fue la historia que Joel me contó. Otra vez Berlín salpicada por el azar, uniendo a personas separadas por el abismo del tiempo en un encuentro completamente fortuito. En el proceso de intentar recordar a Joel y saber un poco más de él, caí en la tentación de escribir su nombre en el todopoderoso Google. Y así fue como descubrí que acababa de morir hacía solo un par de meses. Ya no volverá a pisar las glamourosas alfombras rojas, pero hay un lugar en el que su ausencia pesará aún más que en el mundo del cine, y ese es el barrio que lo vio nacer. Hasta el día de su muerte, el 17 de marzo del 2017, Joel siguió asistiendo a las reuniones con su pandilla de amigos, los Chicos del Bronx, a los que seguramente también contó esta historia que una vez tuve la suerte de escuchar de su boca. Me pregunto si alguno de ellos habrá oído hablar de Robert Bans, habrá escuchado sus canciones, y se habrá preguntado, como yo, quién era ese hombre misterioso.

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La pandilla del Bronx. Joel Coler sentado a la derecha del todo.

 

 

 

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