Oda a los veranos pasados

Ah, los veranos. Días largos y calurosos, de ritmo pausado, en los que todo transcurre como un sueño. A menudo, idealizados y perseguidos durante el resto del año, cuando llegan, irresistibles y enigmáticos, lo transforman todo a nuestro alrededor.

Son épocas de ensoñación, en las que el calor sofocante actúa embriagando nuestros sentidos. Con noches intensas, arrebatos pasionales y esa sensación de libertad absoluta. Como han venido, se van, dejando tras de sí historias sin final, recuerdos amarillentos que nos perseguirán durante años.

Nada es nunca comparable a los veranos pasados. Ni siquiera los veranos presentes ni futuros serán nunca como los ya vividos, porque esos nunca volverán y ese detalle los hace aún más irresistibles. Porque ya saben, como decía Simone Signoret, la nostalgia ya no es lo que era.

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Muchas películas han sabido retratar esos veranos pasados, en los que los libros se leían en papel, sin necesidad de chequear el móvil cada cinco minutos, los amigos surgían a borbotones de los lugares más inesperados y las historias de amor bullían en aguas de mar salada.

En Call me by your name, Oliver pregunta a Elio qué hace, a lo que éste contesta: “Esperar a que acabe el verano”. Es 1983 y no hay nada más que hacer además de leer libros, bañarse en el río, pasear en bicicleta y descubrir el primer amor. Las horas pasan lentas y en el ambiente se respira el dulce olor a melocotón.

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Del verano del 83, pasamos al del 93, en el que una niña pasa el duelo por la muerte de su madre mientras trata de descubrir en qué consisten la vida y los lazos familiares. Es Estiu 1993, una de las joyas más preciadas del reciente cine español. La quietud rural en el campo catalán y la luz cegadora del verano nos trasladan a las emociones más íntimas y escondidas de la infancia.

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Pero si alguien en el cine ha sabido retratar la época estival mejor que nadie, ese ha sido el francés Eric Rohmer. En El rayo verde una joven se enfrenta a la soledad y viaja sin descanso. En Cuento de verano son protagonistas la inseguridad adolescente y la curiosidad amorosa. Pero, probablemente, el mayor icono veraniego de su cine lo encontremos en Pauline en la playa, con la que viajaremos hasta los veranos de la adolescencia más intensa, allá cuando teníamos 15 años. El primer amor y sus inevitables golpes duros harán que paladeemos, por primera vez, el amargo sabor de la vida.

La inocencia se pierde una única vez, y después de eso, solo queda volver a enamorarse.

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Ah, los amores del verano. Tan intensos y calurosos. Tan impredecibles y fugaces. Como Baby y Johnny en un hotel de montaña, o Francesca y Robert en el Condado de Madison. Los veranos que se repiten, pero nunca son iguales. Cuando Celine conoció a Jessie en aquel tren entre Budapest y Viena, no imaginaba que compartirían tantos veranos juntos; algunos, los primeros, en la fantasía de sus recuerdos; otros, los últimos, habiendo formado una familia juntos. ¿Quién no ha deseado viajar en tren por Europa y prestarse a un encuentro similar? ¿O recorrer Roma en moto, a lo Gregory Peck y Audrey Hepburn? Los veranos deberían ser como ese día regalado en la vida de la Princesa Ann, en el que confesaba pizpireta: “Me gustaría hacer lo que quiera durante todo el día”. Y así irse a la peluquería a probar un nuevo corte de pelo, comerse un helado al sol y conducir una Vespa por la ciudad.

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Las amistades también cobraban un tono distinto durante los meses de verano, en los que el buen clima y el abundante tiempo libre propiciaban salir en grupo en busca de algún tesoro secreto. Luego llegaba septiembre, con la vuelta al colegio y a la rutina, y esas amistades quedaban reducidas a un par de fotografías en un álbum con una etiqueta que identificaba aquel verano particular diferenciándolo de los anteriores. Las amistades veraniegas no sobrevivían quizás al invierno, pero perdurarán para siempre en nuestros recuerdos más preciados.

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Y se van acortando los días, y el sol pierde fuerza y autoridad, al igual que ese romance que parecía ir a durar para siempre. Van llegando las despedidas, y se alejan los días de playa como granos de arena arrastrados por la marea. Y ese verano que parecía eterno, que parecía no acabar nunca, desaparece de repente como por arte de magia para convertirse en un recuerdo infinito, en una memoria recurrente dentro de la colección de los veranos pasados que ya nunca volverán.

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